Eduardo Galeano escribió en El futbol a sol y sombra que ese deporte es, ante todo, música del cuerpo y fiesta de los ojos. Un fenómeno capaz de convocar multitudes con una fuerza que pocas expresiones culturales alcanzan. El escritor uruguayo lo entendía como algo mucho más allá de un negocio o un simple juego; lo veía como un arte popular y como una manifestación cultural en la que una nación también aprende a contarse a sí misma.
Quizá por eso la pasión termina convirtiéndose en identidad, porque un gol, una derrota o un triunfo dejan de pertenecer únicamente a quienes están en la cancha y pasan a formar parte de la memoria colectiva. El futbol tiene esa virtud atípica de condensar emociones compartidas y, al mismo tiempo, proyectar hacia el exterior la imagen de un país.
El Mundial de 2026, con México como anfitrión, junto a Estados Unidos y Canadá, fue más que una competencia deportiva, pues durante semanas se convirtió en un escaparate de lo que somos y, sobre todo, de la nación que hemos decidido construir. En los estadios y las calles también se reflejó el momento político que se vive y el significado que ha adquirido la Transformación para millones de personas.
La Selección Mexicana sorprendió incluso a las personas más incrédulas. Avanzar como líder de grupo y sin recibir un solo gol cambió el ánimo de la afición. Seguimos cada partido como una celebración nacional, como una oportunidad para volver a creer que la unidad también da resultados cuando existe trabajo conjunto, disciplina y confianza. Durante 39 días, el futbol habló un idioma que todas y todos entendimos.
Como coanfitrión de la Copa del Mundo, México demostró que cuenta con instancias, infraestructura y un pueblo que puede responder a cualquier desafío. La hospitalidad, la riqueza cultural de cada sede y el ambiente que se vivió en todo el territorio nacional terminaron por transmitir una imagen de capacidad, entusiasmo y responsabilidad.
La organización compartida con los vecinos del norte también permitió observar distintas maneras de entender un mismo acontecimiento. Mientras allá predominó la lógica del gran espectáculo, aquí, en México, el Mundial se vivió como una celebración profundamente popular.
Familias completas recorrieron las ciudades sede para acompañar a la selección; las plazas, los restaurantes y los espacios públicos se transformaron en puntos de encuentro donde el futbol sirvió para reunir a generaciones enteras.
También hubo beneficios económicos: aumentó la actividad turística y miles de empleos estuvieron ligados a la realización del torneo. Pero quizá el dato más relevante fue que México dejó de aparecer únicamente como un mercado atractivo, para convertirse en un actor con capacidad de organizar, coordinar y conducir un proyecto de alcance mundial.
La final entre España y Argentina, disputada en el estadio Nueva York Nueva Jersey, y en la que, con marcador de 1 a 0, resultó triunfadora la Roja —como también se conoce a la Selección Española— adquirió un significado que rebasó lo deportivo.
Además, la presencia de la presidenta Claudia Sheinbaum proyectó una imagen de estabilidad, de continuidad y de confianza en el rumbo del país, mostrando, asimismo, a una jefa de Estado cercana, orgullosa de representar a México en uno de los escenarios con mayor atención internacional.
En un contexto mundial marcado por tensiones geopolíticas, competencia tecnológica y nuevos equilibrios económicos, esa imagen tuvo un peso simbólico evidente. México apareció con voz propia y con la disposición de participar en las grandes conversaciones globales desde la dignidad y el respeto. Y la presidenta estuvo ahí como representante de un pueblo que ha decidido seguir mirando hacia adelante.
La conclusión del Mundial nos deja también una lección difícil de ignorar: el futbol suele convertirse en un espejo de cada época en la que se realiza. En 1970, México buscó proyectarse como una nación moderna; en 1986 mostró su capacidad para levantarse de la adversidad, y en 2026 ofreció al mundo la imagen de un país inmerso en un proceso de transformación.
Cada edición deja una fotografía distinta de la nación que la recibe, y esta no fue la excepción. Lo que quedó hacia el exterior fue la imagen de un México capaz de organizar grandes eventos, competir con éxito y asumir responsabilidades internacionales con eficacia.
Hacia la frontera norte también se envió un mensaje claro de que la cooperación entre socios puede construirse desde el respeto mutuo y la igualdad. Y puertas adentro quedó algo más valioso: la certeza de que el pueblo mexicano conserva intacta su capacidad de imaginar un futuro mejor y de trabajar para hacerlo realidad.
El silbatazo final no marcó únicamente el cierre de un torneo, también dejó abierta una conversación sobre el país que queremos seguir construyendo.
El futbol volvió a recordarnos que la esperanza compartida mueve voluntades, que la unidad multiplica capacidades y que la transformación deja de ser una aspiración cuando millones de personas deciden convertirla en una tarea común. México volvió a presentarse ante el mundo con dignidad, alegría y confianza en su futuro.
X: @RicardoMonrealA



