La Garita de San Lázaro se erige como un monumento que resguarda la memoria histórica de acontecimientos trascendentales de la capital. Durante el periodo mexica, este sitio dividía dos de los cuatro barrios de la metrópoli tenochca: Atzacualco (“donde se detienen las aguas”) y Zoquipan (“sobre el lodo”), en aquel tiempo se encontraba el embarcadero de Tetamazolco. Durante siete siglos, esta localidad, vital en las rutas lacustres hacia Texcoco y Chalco, fue y sigue siendo un punto neurálgico en la vida cotidiana de quienes transitan por ella para entrar y salir de la ciudad.
En Los bandidos de Río Frío, Manuel Payno nos describe: Cecilia recorría con frecuencia la ruta entre la Ciudad de México y Chalco a bordo de La Voladora. En cada partida, se repetía el mismo intercambio de palabras, casi como un ritual entre pasajeros y conductores:
—¿Y a qué hora es la salida?
—Al oscurecer.
—¿Y llegaremos a Chalco?
—Mañana a las siete, si Dios quiere.
Su canoa era preferida por las familias principales de Chalco (el viaje duraba más de ocho horas) por su comodidad y limpieza, a diferencia de otras embarcaciones que eran incómodas y sucias. Sus viajes no eran solo comerciales. En algunas ocasiones, usaba sus visitas a Chalco como una forma de relajarse . Tenía un puesto de frutas en la Plaza del Volador y comercializaba naranjas, plátanos, zapotes, chirimoyas, mangos, limas, piñas, cocos, granadas, jícamas, papayas y calabazas.
En Memoria de mis tiempos, Guillermo Prieto menciona que el tráfico de bienes en la ciudad se impulsaba por la actividad en San Lázaro. A través de este punto ingresaban productos agrícolas y mercancías provenientes de distintas regiones del país. Se destaca su papel en la recepción de granos, semillas, azúcares, frutos de la tierra caliente, madera y carbón. De Chalco y Texcoco, llegaban embarcaciones colmadas de productos como maíz, legumbres, flores, cestas, ropas, etcétera.
En el actual 45 de la calle Alarcón, oculto de la mirada pública, en ruinas permanece un antiguo templo. En 1572, en pleno periodo virreinal, en aquel sitio se fundó el Hospital de San Lázaro, originado con el propósito de brindar atención a las personas enfermas de lepra, enfermedad que, en aquella época, cargaba con un profundo estigma social. Por eso, desde tiempos coloniales, a esta zona se le conoce como San Lázaro, nombre que en el tiempo arraigó su identidad y originó la denominación Garita de San Lázaro, construcción contemporánea a la época del hospital y referente geográfico perdurable en la historia de la ciudad.
Durante siglos esta fue la entrada oficial oriental de la ciudad, por tanto, aduana estratégica y puerta de acceso vital para transeúntes, viajantes y comerciantes. Su estructura de mampostería actual y su portal de cantera se convirtió en el elemento arquitectónico distintivo que aún se conserva desde el siglo XVIII. En este punto, entonces aduanero, se recaudaba el impuesto de alcabala, tanto de las mercancías terrestres como de las que arribaban por la vía del lago.
Con el tiempo, su importancia trascendió su función inicial y la transformó en un símbolo del control y autoridad, así como en un punto de referencia clave para la delimitación de la ciudad. Así, desde su construcción, desempeñó un papel crucial en la vigilancia sanitaria, especialmente en una época en la que las enfermedades se propagaban con facilidad. Su función de filtro protector fue esencial para mantener la seguridad y la salud de la población.
Con el paulatino desecamiento del lago, la ciudad demandaba nuevas rutas para el cauce del agua. Así nacieron diversos canales, entre ellos el de San Lázaro, cuyas compuertas no solo servían para regular el flujo hídrico, sino que también marcaban el inicio de una meticulosa inspección a las embarcaciones que arribaban a la garita. El mismo Payno cuenta que algunos personajes salían de esta garita escoltados por escuadrones de caballería rumbo a Puebla, lo que muestra la importancia del sitio como punto de partida para misiones gubernamentales. Prieto, por su parte, evoca la partida de diligencias diplomáticas escoltadas por tropas con destino a Puebla y Veracruz. Esta situación resalta la importancia estratégica del lugar como un punto de salida para comisionados y transportes gubernamentales.
En el siglo XIX, en la época de la Independencia y la Intervención estadounidense sirvió como bastión militar y hospital de sangre, desempeñando un papel crucial en la defensa de la ciudad. También —en 1856— se empleó como punto de referencia para estudios geográficos del Valle de México; el Observatorio de San Lázaro permitió reunir los datos necesarios para determinar las posiciones geográficas del Valle de México. Asimismo, fue escenario de conflictos políticos como la segunda Intervención francesa y presenció con tristeza, como recuerda Fernando del Paso en Noticias del Imperio, la rendición de la ciudad. Más adelante, con mutismo solemne, testifica acontecimientos de la guerra de Reforma.
En otro orden, su riqueza cultural se arraiga en constituir un espacio que encapsulaba la vibrante esencia de la vida comercial, costumbrista y cotidiana del corazón de la sociedad mexicana de aquel entonces. Era un escenario donde las dinámicas del intercambio mercantil se entrelazaban con los rituales diarios, y donde sus tradiciones culturales fluían como el pulso de una nación en transformación. Resultante del ajetreo de la época, las crónicas describen que, los comerciantes, tras franquear la Garita, serpenteaban hacia el corazón de la ciudad a través del canal. Su recorrido, un hilo de agua a través del entramado urbano, los conducía primero al bullicioso barrio de la Merced. Allí, tras laberínticos desvíos, sus aguas se unían a la acequia de Roldán, frente a su segundo destino, la Alhóndiga, —el granero de la ciudad—. Posteriormente, también navegando, pero ahora por la Acequia Real alcanzaban la Plaza del Volador, su destino final.
El porfiriato transformó la zona. Con la desecación de lagos y la llegada del ferrocarril, el área se convirtió en un importante centro industrial y de transporte. Fue precisamente, en terrenos ganados al lago donde se construyó la penitenciaría de Lecumberri, la Escuela de Tiro, el Cuartel de Artillería de San Lázaro donde cada año los alumnos del Colegio Militar realizaban prácticas de guerra y, posteriormente, la Escuela Nacional de Aviación. En realidad, el primer vuelo de avión en nuestro país y en toda Latinoamérica tuvo lugar en los llanos de San Lázaro.
En ese momento, el camino hacia Puebla iniciaba formalmente desde la Garita, transformándose con el tiempo en la actual Calzada Ignacio Zaragoza. La ruta ferroviaria Interoceánica, que vinculaba el Golfo y el Pacífico, inició su operación en 1878 en los terrenos de la Garita; los arcos que permanecen son testimonio de uno de sus accesos principales. La Revolución mexicana dejó huella con el transitar de figuras como Emiliano Zapata y sus ejércitos, razón por la cual el nombre de una de las calles que da acceso al Palacio Legislativo brinda homenaje a la presencia en estos terrenos del héroe revolucionario. Fue también espectador silencioso de la partida al exilio de Porfirio Díaz a bordo del tren Interoceánico, en un convoy compuesto por tres ferrocarriles, dos con equipo militar, tropa, guardias y familiares con rumbo a Veracruz.
Curiosamente, al cerrar el ferrocarril y construirse la Terminal de Autobuses de Pasajeros de Oriente (TAPO), así como las estaciones del metro San Lázaro y Candelaria, la zona conservó su vocación original, punto de arribo y partida de comerciantes, transeúntes y turistas. Como lo describe Vicente Quirarte en Elogio de la Calle, el entorno urbano no es solo un espacio físico, sino también un depósito de recuerdos y experiencias colectivas que dan forma a la identidad de la ciudad. Tras décadas de abandono, fue habilitada como centro de desarrollo infantil (CENDI), pero, indudablemente, el Palacio Legislativo impulsó una transformación significativa en la fisonomía de San Lázaro y la Garita, preservando su importancia y legado histórico.
La Garita de San Lázaro, antaño epicentro de la vida comercial y costumbrista del oriente de la capital, donde la sociedad mexicana del pasado entretejía sus días entre tradición y comercio, persiste como un eco nostálgico y monumento histórico que revela la evolución de nuestra urbe capitalina. Su vocación primigenia, inscrita en su arquitectura y transformada con el tiempo, simboliza ahora el legado patrimonial de la Cámara de Diputados, que porta y hereda una tradición cuyo nombre describe una historia de 700 años. Es, por su legado, una herencia histórica, cultural y simbólica, vestigio de un pasado que aún resuena en las calles y los edificios de la Ciudad de México.
Fuentes
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(s. f.-c). https://catalogonacionalmhi.inah.gob.mx/consulta_publica/detalle/14149
Antiguo Hospital y Templo de San Lázaro. Consulta pública.
(s. f.). https://catalogonacionalmhi.inah.gob.mx/consulta_publica/detalle/94354
Antiguo Templo de San Lázaro. Consulta pública.
(s. f.-b). https://catalogonacionalmhi.inah.gob.mx/consulta_publica/detalle/14121
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La Garita de San Lázaro: evolución e imaginario histórico de la puerta de Oriente, Cámara de Diputados, LXV Legislatura, Secretaría General, Dirección General del Sistema Institucional de Archivo.
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