Felicidades a Milenio TV por su aniversario. Son 18 años de apertura e innovación en el medio de los contenidos informativos audiovisuales y en el debate público democrático.
En la Cámara de Diputados tomamos la decisión institucional de denominar al histórico espacio de conferencias de prensa —conocido informalmente como “el Chacalódromo”— con el nombre de un gran periodista: Francisco Antonio Garfias Antolín (Pancho Garfias).
Este hecho trasciende el homenaje individual para colocarnos ante una reflexión necesaria sobre la naturaleza, los diferendos y las convergencias entre dos oficios fundamentales para la vida pública del país, como lo son la política y el periodismo.
A primera vista, quienes abrazan ambas actividades comparten una misma materia prima: la realidad nacional, la dinámica del poder y el destino de la sociedad. Sin embargo, sus funciones, herramientas y responsabilidades operan en dimensiones distintas.
Las mujeres y los hombres dedicados a la política son actores centrales en la toma de decisiones. Ocupan un espacio en el aparato público para gobernar, legislar y ejecutar acciones con un impacto directo en la vida comunitaria. Por su parte, las personas profesionales del periodismo son testigos privilegiados e intérpretes de esos mismos hechos. Pero su labor no es propiamente ejercer el poder, sino documentarlo, cuestionarlo y exponerlo ante la sociedad.
Y precisamente en esa frontera surgen los puntos de convergencia y las inevitables tensiones. La política y el periodismo coexisten en un ecosistema de mutua necesidad. La primera requiere de los medios para comunicar, transparentar y someter sus actos a la deliberación ciudadana; el segundo necesita de las instituciones públicas para ejercer su derecho a saber, con el fin de informar a la sociedad y contribuir a la transparencia y la rendición de cuentas.
La tensión entre ambas esferas no debe asustar ni alarmar a nadie; al contrario, es síntoma de salud democrática. Cuando una política o un político pretende que el periodismo sea un mero adulador de su gestión, traiciona el sentido de la transparencia. Y, cuando la crítica periodística se ejerce con rigor e independencia, se convierte en el contrapeso más efectivo contra los excesos de la autoridad.
Desde el surgimiento del Parlamento inglés, Edmundo Burke señaló que los informadores que ocupaban el ala derecha de la asamblea deliberativa eran “el cuarto poder [el primero era el clero; el segundo, la nobleza, y el tercero, el pueblo llano o burgueses]; tan fuerte como los otros tres” (1771).
Con la irrupción de las redes sociales, ese cuarto poder adquirió una dimensión polivalente. Tenemos desde el periodismo de investigación hasta el periodismo de ficción que difunden los bots (con base en mentiras), pasando por el periodismo científico, el periodismo ideológico, el periodismo militante y hasta el periodismo de extorsión.
Una sociedad informada, con pluralidad de voces y capacidad de cuestionamiento obliga a las y los políticos y parlamentarios a elevar el nivel del debate y a actuar con mayor responsabilidad ética.
El paso de figuras como Pancho Garfias por los recintos parlamentarios nos recuerda que el diálogo democrático se fortalece cuando la política escucha al periodismo, aun en la discrepancia, y cuando el poder reconoce en la crítica una oportunidad para rectificar y servir mejor.
X: @RicardoMonrealA



