La Doctrina Monroe: cambios y virajes de 1823 a 2026

El 3 de enero de 2026 quedará marcado como el punto de inflexión más importante en las relaciones interamericanas en lo que va del siglo. La intervención militar en territorio venezolano, justificada bajo la premisa de “restaurar el orden regional y asegurar recursos estratégicos”, fue acompañada por un discurso del presidente Donald Trump que resonó con ecos de siglos pasados. Al proclamar que la Doctrina Monroe no solo seguía vigente, sino que había evolucionado hacia lo que él denominó la “Doctrina Donroe[1], introdujo uno de los ajustes más significativos que ha experimentado esta doctrina que ha servido, según la época, como escudo, espada o herramienta de arbitraje.

El origen de este pensamiento se remonta al 2 de diciembre de 1823, cuando el presidente James Monroe, influido profundamente por la visión de su secretario de Estado, John Quincy Adams, presentó su séptimo mensaje anual al Congreso. En aquel entonces, el espíritu de la proclama era esencialmente defensivo. Tras las Guerras Napoleónicas, las potencias de la Santa Alianza (Rusia, Prusia y Austria) buscaban restaurar el absolutismo y recuperar las colonias españolas en América que habían declarado su independencia.[2]

La declaración de Monroe fue tajante al señalar que cualquier intento de las potencias europeas por extender su sistema a alguna parte de este hemisferio sería considerado como peligroso para la paz y seguridad de Estados Unidos. En ese momento, la nación norteamericana era una potencia emergente con escasa capacidad militar para respaldar tales palabras, pero el mensaje estableció el principio de no colonización y no intervención europea en suelo americano.

Sin embargo, el espíritu original de protección mutua frente al viejo continente pronto se transformó bajo el impulso del llamado “Destino Manifiesto”. A mediados del siglo XIX, la Doctrina Monroe dejó de ser un muro de contención panamericana para convertirse en un motor de expansión. Durante la administración de James K. Polk (1845-1849), la doctrina fue reinterpretada para justificar la anexión de Texas y la posterior invasión a México. Polk argumentó que el control estadounidense sobre estos territorios era necesario para prevenir que potencias como Gran Bretaña o Francia ejercieran influencia en la frontera sur. Esta fase culminó con el Tratado de Guadalupe Hidalgo en 1848, donde México perdió más de la mitad de su territorio bajo una lógica de “seguridad hemisférica” que ya mostraba sus primeras vetas de imperialismo regional.

El viraje más drástico ocurrió a principios del siglo XX con la llegada de Theodore Roosevelt a la Casa Blanca. En su mensaje de 1904, el expresidente añadió lo que se conoce como el Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe. En este punto, la política pasó de prohibir la intervención europea a justificar la estadounidense. Roosevelt afirmó que, en casos de “males crónicos” o una “impotencia que resulte en el relajamiento general de los lazos de una sociedad civilizada”, Estados Unidos podía ejercer un “poder de policía internacional”. Esta política del gran garrote (Big Stick) definió las relaciones en el Caribe y Centroamérica durante décadas, estableciendo que Washington tenía el derecho y el deber de intervenir militarmente para estabilizar las economías y los gobiernos de sus vecinos.[3]

No obstante, la rigidez del intervencionismo encontró un respiro con el ascenso de Franklin D. Roosevelt y su Política del Buen Vecino a partir de 1933. Este periodo representó un giro hacia el panamericanismo y la cooperación económica, alejándose de las intervenciones militares directas. En la Conferencia de Montevideo de 1933, Estados Unidos aceptó formalmente el principio de que “ningún Estado tiene el derecho de intervenir en los asuntos internos o externos de otro”. Esta etapa buscó crear un frente unido ante la inminencia de la Segunda Guerra Mundial, transformando la Doctrina Monroe en un pacto de defensa colectiva más que en una imposición unilateral.

La llegada de la Guerra Fría trajo consigo una nueva capa de interpretación. La doctrina ya no solo buscaba excluir imperios coloniales, sino ideologías extranjeras. En este contexto, la Doctrina Monroe pasó a convertirse en el marco para contener la influencia de la Unión Soviética en el hemisferio. Bajo administraciones como las de Eisenhower, Kennedy y Reagan, se argumentó que la presencia del comunismo en las Américas representaba la misma amenaza que la Santa Alianza había supuesto en 1823. Esto llevó a intervenciones en Guatemala, Cuba, Chile y Nicaragua, donde la seguridad nacional de Estados Unidos se equiparó con la estabilidad ideológica de todo el continente.[4]

A pesar de la retórica constante, la aplicación de la doctrina ha sido históricamente selectiva, lo que ha generado críticas tanto internas como externas. Un ejemplo notable fue la crisis de las islas Malvinas en 1982, donde Estados Unidos optó por apoyar a Gran Bretaña (un aliado de la OTAN) frente a Argentina, ignorando los principios de la Doctrina Monroe que supuestamente prohibían la agresión de una potencia europea contra una nación americana. Del mismo modo, durante la intervención francesa en México en la década de 1860, Washington se mantuvo cauteloso debido a su propia Guerra Civil, lo que demuestra que la doctrina siempre ha estado subordinada a la conveniencia política y militar del momento.

El discurso del 3 de enero de 2026[5] y la denominada Doctrina Donroe parecen retomar los elementos más crudos del Corolario Roosevelt, pero con un matiz propio del siglo XXI. Al justificar la entrada en Venezuela, el presidente Trump señaló que la Doctrina Monroe es muy importante, pero que la han superado, para enfatizar un enfoque más directo sobre los recursos y el control fronterizo. A diferencia de 1823, donde el objetivo era la soberanía continental, o de 1904, donde el fin era el orden financiero, la versión de 2026 se presenta como una respuesta a la presencia de capitales chinos y bases logísticas rusas en la región, sumada a la crisis migratoria.

Existen similitudes claras entre la doctrina original y su versión actual: ambas parten de la premisa de que el hemisferio occidental es una zona de influencia exclusiva de Estados Unidos. Sin embargo, la diferencia fundamental radica en que la Doctrina Monroe de 1823 nació como una invitación a la independencia de los pueblos americanos bajo la protección de un vecino fuerte, mientras que la interpretación actual se presenta como un ejercicio de poder unilateral que deja de lado los organismos multilaterales (como la OEA) para priorizar la seguridad interna estadounidense. El análisis histórico sugiere que estos virajes suelen ser cíclicos; no obstante, la naturaleza de la intervención en Venezuela indica que estamos ante una fase de “realismo transaccional” donde la soberanía de las naciones del sur se mide en función de su alineación con los intereses de Washington.

El futuro de esta nueva fase de la doctrina es incierto, pero la historia nos enseña que cada vez que Estados Unidos ha expandido su definición de seguridad hemisférica, las relaciones diplomáticas en el continente han entrado en periodos de alta tensión y reconfiguración. La Doctrina Monroe ha demostrado ser una ideología viva, capaz de evolucionar con nuevas aplicaciones, pero siempre bajo una idea común: que el destino de América es, de una forma u otra, un asunto que se decide en Washington, algo que difícilmente estaremos dispuestos a aceptar en el resto del mundo.

Ante este panorama, en México seguimos la brújula establecida por nuestra presidenta, la cual se fundamenta estrictamente en nuestra Constitución, el Estado de derecho y el derecho internacional. El artículo 89, fracción X, no es solo un marco legal, sino la base de nuestra identidad diplomática. México defiende la autodeterminación de los pueblos y la solución pacífica de las controversias como los únicos caminos legítimos para la convivencia regional. En un momento de grandes cambios y virajes como el que vivimos en este 2026, nuestra postura es clara: la estabilidad del continente no puede depender de doctrinas impuestas, sino del respeto mutuo y la cooperación soberana entre iguales.

Referencias

[1] President Trump Holds a Press Conference, Jan. 3, 2026 (2026), https://www.youtube.com/watch?v=SsdkClL2_bg.

[2] Herring, George C, From Colony to Superpower: U.S. Foreign Relations since 1776, 1.a ed., The Oxford History of the United States (Volumen XII) (Oxford University Press, 2008).

[3] Herring, George C, From Colony to Superpower: U.S. Foreign Relations since 1776.

[4] Comín, Francisco, Historia económica mundial. De los orígenes a la actualidad (Alianza Editorial, 2011).

[5] President Trump Holds a Press Conference, Jan. 3, 2026.

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