El soccer ha ido ganando terreno en EE. UU. gracias al crecimiento de la población hispana. El futbol tiene una indeleble alma latina.
Es el deporte más popular a nivel global. Sin embargo, en esta edición no hubo representación de los dos países más poblados del planeta: India y China (Chinindia, para efectos geoeconómicos). Si ambos hubiesen tenido sus equipos, la audiencia de la inauguración hubiese sido el doble de los 1,500 millones de personas que vieron ganar a México sobre Sudáfrica.
También podría haber sido el “Mundial del T-MEC”, es decir, el primero que se jugara en tres países que, por ser socios comerciales, tienen el potencial de integrar el polo regional del planeta con mayor potencialidad económica, pero la incertidumbre sobre los alcances de la revisión en puerta del Tratado impidió presentarlo como el Mundial de una nueva potencia económica regional.
Los costos tan altos de los boletos (de incluso cientos de miles pesos por entrar el estadio Ciudad de México) volvieron impopular al deporte popular. Sin embargo, no fueron obstáculo para que el partido inaugural tuviera récord de audiencia televisiva, en plataformas de internet y en redes sociales.
El Mundial Social del Gobierno de México fue una buena iniciativa para involucrar al mayor número de comunidades, pueblos y ciudades a esta gran fiesta deportiva. Sobre todo, para incorporar a niñas, niños, adolescentes y jóvenes, y que no sintieran que el Mundial 2026 de la FIFA se había convertido en un espectáculo solo para personas ricas.
Contra todo pronóstico y apuestas de que sería un calvario llegar al otrora estadio Azteca a presenciar la inauguración, el acceso fue expedito y sin accidentes que lamentar. Adentro y afuera hubo orden, atención y organización. Las autoridades federales y locales, tanto en CDMX como en Jalisco y Nuevo León, pasaron la prueba de fuego.
Para México, este fue también el Mundial de las protestas, las reivindicaciones y las demandas afirmativas. Los dos mundiales anteriores no tuvieron buenas cartas de presentación en este renglón. México 1970 se jugó sobre una gran herida política, que después cambiaría al país: la represión estudiantil de 1968. México 1986 se jugó sobre una gran herida social causada por el terremoto de 1985, que nos abrió la conciencia a temas de desastres naturales y protección civil.
México 2026 es el Mundial de la libre manifestación y expresión de las ideas, en el que todas las voces discordantes y sus exigencias, como la disidencia magisterial, las madres buscadoras, quienes reclaman existencias de medicamentos y una docena de organizaciones civiles, buscaron visibilizarse y expresarse ante los ojos del mundo. Se dejaron ver y se hicieron escuchar, pero también el mundo constató la alegría, la civilidad y el respeto de la gran mayoría del pueblo de México. El saldo blanco de la inauguración desnaturaliza cualquier relato en sentido contrario.
El futbol —y las competencias deportivas, en general— distienden la política. Hay una diplomacia de ese deporte, que ayuda a la paz. La participación de Irán en el Mundial 2026 y el hecho de jugar en los mismos Estados Unidos, en plena guerra entre ambas naciones, encontró su primera victoria aun antes de iniciar el primer partido, con la firma de un acuerdo de paz bilateral para abrir el estrecho de Ormuz. Golazo desde la media cancha del Oriente Medio.
Este es el segundo Mundial para los EE. UU. El soccer ha ido ganando terreno con nuestro vecino gracias a las gestiones de Henry Kissinger y de los directivos de los clubes en aquel país, pero sobre todo al crecimiento de la población hispana. El futbol tiene una indeleble alma latina.
X: @RicardoMonrealA



