Rubén Rocha Moya

La personalidad del académico Rubén Rocha prevaleció sobre la impronta del político Rocha Moya. Estamos a la espera de la justicia verdadera, la de las pruebas factuales, no sensoriales.

Lo conozco desde 1998. Él era candidato del PRD al gobierno de Sinaloa y lo acompañé en algunas de sus giras. Yo acababa de asumir la gubernatura de Zacatecas, como el primer gobernador de izquierda que obtenía ese encargo por la vía opositora, en una entidad predominantemente priista.

Un año antes, en 1997, Cuauhtémoc Cárdenas había ganado el entonces denominado “Distrito Federal”, y en todo el país existía una ola favorable a la alternancia política de izquierda, que permitió en dos años el acceso de Alfonso Sánchez Anaya en Tlaxcala, Leonel Cota Montaño en Baja California Sur, Antonio Echevarría en Nayarit y Pablo Salazar Mendiguchía en Chiapas. Andrés Manuel López Obrador era presidente del PRD; después sería jefe de gobierno de la capital mexicana y presidente de la República.

Paradójicamente, el ciclo de alternancias estatales perredistas abonaría a la victoria del primer candidato presidencial del PAN, Vicente Fox, en el año 2000, y a la normalización de la alternancia partidista en la mayor parte de los municipios y entidades federativas.

En ese entorno surge Rubén Rocha Moya, quien había sido rector de la Universidad Autónoma de Sinaloa y participado en la vida pública siempre desde posiciones de la izquierda académica y democrática.

Tengo las mejores opiniones de él. Conciliador, ecuánime, sensato y bien articulado en sus posturas ideológicas y políticas. Pero también muy bien plantado y acérrimo defensor (hoy se dice “territorial”), frente a sus responsabilidades como gobernador del estado.

Cuando se mencionó su presunta participación en aquella fatal reunión entre el Mayo Zambada, Melesio Cuén y Joaquín Guzmán López, hijo del Chapo Guzmán y líder de los Chapitos (con el desenlace trágico que conocemos y que sumió a Sinaloa en la espiral de violencia que aún padece), yo dudé en lo personal de la veracidad de esa versión.

De hecho, hasta el momento, nadie ha podido probar que Rubén Rocha Moya convocara a esa reunión ni que él hubiera estado presente. Entre las pruebas que se exigen del involucramiento del gobernador con licencia, y que no han sido presentadas ni verificadas de manera indubitable, están precisamente las de esa reunión. Lo mismo podríamos afirmar del presunto apoyo recibido —durante su campaña y el día de la elección— de grupos del crimen organizado.

Sin embargo, los tiempos que vivimos son de “posverdad” mediática y digital, donde la percepción es elevada a rango de realidad, y si la realidad no coincide con la percepción, peor para la realidad. Una época de juicios sumarios digitales, donde el prejuicio prevalece sobre el juicio y donde el veredicto final bien puede llevar el siguiente epitafio: “No tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas”.

Justo con ese veredicto, en el pueblo puritano de Salem, Massachusetts, en 1692 se juzgó a varios habitantes —acusados por un grupo de adolescentes y niñas que afirmaban estar poseídas por el demonio— bajo cargos de brujería. Estos hechos históricos inspiraron la obra de teatro Las brujas de Salem, escrita por Arthur Miller en 1953. Con el tiempo, “cacería de brujas” se convirtió en sinónimo de persecución ideológica o política disfrazada de justicia. Justicia injusta, falsa justicia.

Finalmente, la personalidad del académico Rubén Rocha prevaleció sobre la impronta del político Rocha Moya. Su licencia ya es definitiva. Sin embargo, seguimos a la espera de la justicia verdadera, la de las pruebas factuales, no sensoriales; las del debido proceso, no las del indebido linchamiento.

ricardomonreala@yahoo.com.mx

X: @RicardoMonrealA

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