Soy Xavier Santa Anna Johnson de Zavala, gobernador con doble nacionalidad de un estado fronterizo mexicano y tengo un problema de inseguridad en la entidad.
Exigir nacionalidad mexicana, única y exclusiva, a quien desee postularse para encabezar la Presidencia de la República, la gubernatura de un estado o la Jefatura de Gobierno de la CDMX tiene por objetivo proteger la naturaleza esencial o sine qua non (“sin la cual no”) existiría un Estado nación o un estado como entidad federativa: la soberanía en su dimensión territorial.
Si la soberanía, por definición, es única, indivisible e incompartible (tanto territorial como funcionalmente), quien se encargue de representarla deberá tener, como autoridad, los mismos atributos inherentes al cargo.
¿Una persona con doble nacionalidad puede entrar en conflicto de interés en el ejercicio de esos cargos ejecutivos? Por supuesto que sí, y los conflictos pueden ser tanto de naturaleza jurídica —el ius sanguini (“derecho de sangre”) versus el ius soli (“derecho de suelo”)— como de naturaleza psicológica o de doble personalidad.
Un arquetipo de esto último. Soy Xavier Santa Anna Johnson de Zavala, gobernador con doble nacionalidad de un estado fronterizo mexicano y tengo un problema de inseguridad en la entidad. El 20 % de la población tiene también doble nacionalidad (en gran medida, por ellos gané la elección). El presupuesto y las fuerzas de seguridad de los que dispongo no me alcanzan. El Gobierno federal de mi primera nacionalidad me apoya, pero su ayuda es insuficiente y el problema amenaza con rebasarme.
El Gobierno nacional de mi segunda nacionalidad es más fuerte, tiene más recursos humanos, tecnológicos y armamentistas, y me ofrece a sus Goodboys para combatir en 15 días a mis Badboys. Sólo que hay un problema: por algo que se llama “soberanía” y “Constitución Política” se requiere de una autorización especial del Congreso, que se ve imposible de obtener y que a mí me dejaría mal parado, porque con ello reconocería que no puedo con el problema, además de que sería considerado como un traidor a la patria, es decir, mi muerte política.
¿Qué hago? Mi Yo Nacional Uno, reflexivo y ecuánime, me pide siga solicitando al Gobierno de mi primera nacionalidad que intervenga con más rapidez y asertividad, pero en mis noches de insomnio, Mi Yo Nacional Bis me aconseja saltarme las trancas, aceptar la ayuda de los Goodboys, sólo que de manera encubierta, porque si se llega a descubrir que estoy violando la Constitución de mi nacionalidad uno, terminaré mi carrera y hasta en la cárcel.
“No te preocupes”, le dice al oído Mi Yo Nacional Bis, “si te cachan, yo te defiendo y protejo”. En tu segunda nación es más fuerte el ius soli que el ius sanguinis, así que, como ciudadano de acá, tendrás más derechos que como autoridad allá. Los derechos civiles de tu segunda nacionalidad están por encima de tus responsabilidades públicas… Allá serás traidor, pero acá serás un héroe.
Santa Anna pasó a la historia como traidor a la patria, al ceder el 55 % del territorio nacional en 1848. No tenía doble nacionalidad, pero, de haber sido así, allá sería un héroe conquistador, tras haber ampliado en una tercera parte el actual territorio continental de la Unión Americana.
Santa Anna no estaba solo. Muchos gobernadores separatistas lo acompañaron en el trayecto, tanto en Centroamérica como en los proyectos para crear la República de Yucatán en el sureste o la República del Río Grande en el noreste… Por eso la iniciativa de renunciar a la doble nacionalidad contempla también a candidatas y candidatos a gubernaturas y la Jefatura de Gobierno de la CDMX.
Así la historia. Como diría Yano: “¿Quieren que se los cuente otra vez?”.
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