En el pasado, las personas crecían con una certeza: estudiar una carrera o aprender un oficio significaba tener un empleo prácticamente garantizado hasta la jubilación. Ser contadora, chofer, cajero, doctora, secretario, abogado, etc., era una apuesta razonablemente segura para construir un proyecto de vida.
Esa época está terminando.
La humanidad se dirige hacia un periodo de transformación laboral tan profundo como el que provocó la Revolución Industrial hace más de dos siglos. Pero esta vez el cambio tiene una característica inédita: las máquinas ya no reemplazan únicamente el esfuerzo físico, ahora también comienzan a sustituir tareas que requieren conocimiento, análisis y hasta cierto “talento humano”.
Entre un sinfín de tareas más y en cuestión de segundos, la inteligencia artificial (IA) puede responder preguntas, redactar documentos, elaborar informes, traducir textos, diseñar imágenes y realizar cálculos complejos. Conozco gente que platica con la IA y le cuenta secretos, planes laborales y hasta padecimientos como si consultara a un consejero o doctor.
Por ello, la pregunta ya no es si la tecnología eliminará empleos, sino cuáles desaparecerán primero.
Las actividades administrativas y repetitivas parecen tener los días contados. Las cajas de autoservicio ya reducen la necesidad de cajeros; todos los días, las empresas nos capacitan para cobrarnos “solos” mediante escáneres y máquinas automatizadas de cobro.
La transformación también alcanzará al transporte. La conducción autónoma avanza más rápido de lo que muchas personas imaginan y, aunque aún existen obstáculos técnicos y regulatorios, es difícil pensar que en diez o quince años los vehículos inteligentes no modificarán la demanda de quienes los conducen y operan.
El sector servicios tampoco escapará a esta revolución. Personas que laboran en traducción, redacción, diseño y algunas de la programación ya compiten con herramientas capaces de generar resultados aceptables en apenas unos segundos. Incluso profesiones que durante décadas se consideraron intocables, como la abogacía o la medicina, están viendo cómo parte de sus tareas pueden ser automatizadas.
Sin embargo, cada avance tecnológico también abre nuevas puertas. Hace apenas veinte años era imposible imaginar empleos como los de especialista en ciberseguridad, desarrollador de inteligencia artificial, analista de datos o creador de contenido digital. El mercado laboral del futuro estará lleno de profesiones que hoy ni siquiera tienen nombre.
El verdadero problema es que la velocidad del cambio parece ser mucho mayor que la capacidad de adaptación de las sociedades.
Millones de personas fueron educadas para desempeñar funciones rutinarias en un mundo que premia justamente lo contrario: la capacidad de aprender constantemente. El título universitario dejó de ser un certificado de estabilidad y se está convirtiendo apenas en el punto de partida de una formación permanente.
Para países como el nuestro, el desafío es enorme. Una parte importante de la fuerza laboral se concentra en actividades susceptibles de automatización. Por esta razón, el Gobierno de México está apostando por la inversión en educación tecnológica, en la capacitación y reconversión profesional, vislumbrando que la revolución digital podría convertirse en una nueva fuente de desigualdad.
La gran paradoja del siglo XXI es que probablemente no faltará trabajo. Lo que faltarán serán personas con las habilidades necesarias para desempeñar los nuevos empleos que surgirán.
Desde mi punto de vista, las capacidades más valiosas serán precisamente las que las máquinas todavía no pueden replicar completamente, como la creatividad, el pensamiento crítico, el liderazgo, la empatía, la negociación y la capacidad de tomar decisiones en escenarios inciertos.
Tal vez nuestras y nuestros hijos y nietos mirarán con sorpresa la idea de tener una sola profesión durante toda la vida. Para ellos, cambiar de actividad varias veces será algo normal. Aprender, desaprender y volver a aprender se convertirá en la principal habilidad laboral.
@RicardoMonrealA



