En Race Against the Machine (Carrera contra la máquina), Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee plantean que la revolución digital no es un cambio pasajero ni una moda tecnológica, sino una transformación profunda que ya está modificando la forma en la que se trabaja, se produce riqueza y se distribuyen oportunidades en el mundo.
Los autores postulan una idea que sigue vigente: después de la Gran Recesión en Estados Unidos, muchas empresas recuperaron sus niveles de rentabilidad gracias a la inversión en software, automatización y tecnología.
Asimismo, advierten que la automatización, la inteligencia artificial, la robótica y herramientas como el reconocimiento de voz sustituirán un número creciente de tareas realizadas por las personas, incluyendo la educación. No obstante, su planteamiento propone dejar de ver a las máquinas como adversarias y comenzar a entenderlas como aliadas para potenciar las capacidades humanas.
Para México, esta reflexión adquiere una importancia especial porque también obliga a la educación superior y a la comunidad docente a enfrentar el desafío de colocarse a la altura de una revolución que ya está en marcha.
La historia nos ha demostrado que tanto universidades como estudiantes suelen anticipar las grandes transformaciones sociales. Así ocurrió con los movimientos estudiantiles de 1968, desde París hasta México, que marcaron una época y transformaron la relación entre la juventud y el poder.
Más de medio siglo después, la India vuelve a ofrecer un ejemplo de esa capacidad de organización, con el llamado movimiento de las “cucarachas”, ocurrido de mayo a julio del presente año y protagonizado por la generación Z.
Todo comenzó tras la filtración del examen nacional de ingreso a Medicina y la desafortunada expresión de un juez que llamó “cucarachas” a las personas inconformes. Lejos de intimidarse, las y los jóvenes hicieron suya esa denominación y la convirtieron en un símbolo de resistencia. Mediante redes sociales, movilizaciones y organización colectiva consiguieron la dimisión del ministro de Educación, Dharmendra Pradhan.
Fue clara la enseñanza de que cuando una generación considera vulnerado su derecho a aprender puede convertirse en un actor político y social capaz de modificar el rumbo de un país. Y tampoco debemos ignorar que las nuevas generaciones están enviando el mensaje de que ya no basta con repetir modelos educativos diseñados para otras épocas. Hoy se requieren metodologías más dinámicas, flexibles y vinculadas al entorno digital. La aldea global plantea nuevas exigencias y las instituciones educativas deben responder con innovación.
Como docente de la UNAM, he comprobado que las y los estudiantes buscan espacios y nuevas formas de construir conocimiento. Ampliar la cobertura sigue siendo importante, pero también resulta indispensable transformar la manera de enseñar.
La educación superior necesita consolidarse como un espacio permanente de innovación, mientras que la comunidad docente debe asumir que la tecnología es una herramienta para ampliar el acceso al conocimiento y reducir brechas, que no representa ninguna amenaza.
En esa dirección, México comienza a construir una ruta propia. La presidenta Claudia Sheinbaum presentó SaberesMX, una plataforma nacional gratuita y una política pública que democratiza el acceso al conocimiento y permite que cualquier persona obtenga certificaciones públicas sin costo.
A ese esfuerzo se suma la creación del Centro Público de Formación en Inteligencia Artificial, vinculado al Tecnológico Nacional de México y a SaberesMX. Este nuevo espacio atenderá a miles de estudiantes y ofrecerá certificaciones en análisis de datos, computación en la nube y ciberseguridad.
La soberanía no se limita a los recursos energéticos o a la política social; también pasa por la capacidad para desarrollar conocimiento, innovación y tecnología propias. Con esa visión, la presidenta anunció, además, el fondo InnovaTecNM, para impulsar proyectos creados por estudiantes y garantizar que las patentes permanezcan en manos de quienes las desarrollan.
Sin embargo, el desafío no termina con la creación de nuevas plataformas o centros especializados. La educación superior y la comunidad docente tenemos la responsabilidad de incorporar la tecnología como parte esencial de la misión formativa. No es suficiente transmitir conocimientos tradicionales, es indispensable preparar ciudadanas y ciudadanos digitales capaces de enfrentar un mundo marcado por la incertidumbre, la innovación permanente y el cambio acelerado.
La revolución tecnológica no hará pausas para esperar a quienes decidan quedarse atrás, y México está demostrando que es posible responder mediante políticas públicas que amplían el acceso al conocimiento y fortalecen la competitividad del país.
La verdadera decisión recae en las instituciones educativas y en quienes estamos frente a un grupo. La pregunta no es si la tecnología transformará la enseñanza (eso ya está ocurriendo), no, la pregunta es si tenemos la disposición de transformar nuestras prácticas para acompañar a las nuevas generaciones.
El futuro dejó de ser una promesa lejana. La tecnología es parte de nuestra vida cotidiana, y la educación, si pretende seguir siendo el principal instrumento para la revolución de las conciencias, la transformación y la justicia social, tiene la obligación de desarrollarse al mismo ritmo.
X: @RicardoMonrealA



