Transitar del acordeón de papel al acordeón digital no es precisamente una muestra de avance educativo. Hizo bien la UNAM en anular este ejercicio. Lo que procede ahora es empezar a regular el uso de la IA.
Lo acontecido en nuestra Máxima Casa de Estudios con el primer examen de admisión totalmente en línea, que obligó a cancelar los resultados para verificar la autenticidad de su procedimiento y la honestidad de sus resultados, nos alerta sobre los nuevos retos y desafíos que la inteligencia artificial (IA) plantea en la educación, en lo particular, y sobre la nueva forma en que las juventudes se están enfrentando a los desafíos de la vida cotidiana, en lo general.
La UNAM detectó resultados inusuales o atípicos en la realización de la prueba de admisión, pues la mayoría de las personas examinadas obtuvieron calificaciones aprobatorias máximas de 8, 9 y 10. Algo cercano a la perfección, como en la Escuela de los niños felices, cuento de Gudrun Pausewang, en cuya historia nadie reprueba porque el juego, la creatividad y la innovación sustituyen a las rígidas y tradicionales calificaciones.
Este comportamiento inusual en las calificaciones no obedece tanto a un fraude masivo o a una venta generalizada del examen de admisión (a pesar de que en redes sociales incluso se anunciaron servicios para la realización del examen con asistencia remota, mediante el pago correspondiente). Responde más bien a una práctica escolar generalizada que las y los jóvenes están adoptando crecientemente, desde la secundaria hasta la universidad, y que es el acompañamiento de la IA.
¿Es válido pasar un examen de admisión en la UNAM, o en cualquier otra universidad, con apoyo en la IA? Esto responde la propia IA de Google: “No, no es válido usar inteligencia artificial para resolver el examen de admisión de la UNAM. Esta acción se considera una falta grave de honestidad académica y trampa”.
Más allá de las implicaciones jurídicas y éticas, estamos ante la presencia emergente de la suplantación de las funciones más distintivas del ser humano como pensar, razonar y tomar decisiones, para transferirlas a una tecnología. Más aún, estamos reduciendo dos de las cualidades inherentes de la condición humana, como son la libertad y el libre razonar, a la esclavitud y la tiranía del algoritmo. Justo lo que Yuval Harari advierte cuando afirma que “la IA podría ser una gran psicópata manipuladora”.
Pasar un examen sin estudiar y alcanzar la máxima felicidad material posible (incluyendo el dinero) con el menor esfuerzo físico y material deseable, forma parte del nuevo hedonismo y pragmatismo digital que la IA parece estar despertando en una parte de la población juvenil.
Hay otras y otros jóvenes que, por supuesto, utilizan la IA para complementar, subsanar y potenciar sus conocimientos y habilidades técnicas o vocacionales, lo cual es deseable e imitable, pero trampear y chamaquear al sistema meritocrático educativo universal, cuya filosofía proviene del estoicismo griego, de la cultura del esfuerzo personal y de la especialización profesional inspirada por Martín Lutero, Juan Calvino y Ulrico Zuinglio (fundadores del protestantismo moderno y de su ética capitalista que premia el esfuerzo), abre todo un abismo que la misma IA recomienda no hacer más profundo.
Pasar del acordeón de papel al acordeón digital no es precisamente una muestra de avance educativo. Hizo bien la UNAM en anular este ejercicio. Ahora procede empezar a regular la IA para que se transforme en una plataforma de progreso para la humanidad y no en el grillete de su libertad, su razonamiento y su sentimiento.
X: @RicardoMonrealA



