¿Quiénes pagarán los costos del COVID-19?

Hace más de cien años, durante la Primera Guerra Mundial, Reino Unido y Estados Unidos de América diseñaron el impuesto sobre el excedente corporativo. Esta medida permitió a los gobiernos incrementar su recaudación, tasando a las empresas que estaban generando ganancias durante la crisis y evitando así que las más vulnerables tuvieran que absorber el costo del conflicto bélico. En cierto modo, este impuesto fue concebido para evitar el enriquecimiento injusto y oportunista de algunos negocios a causa de la contingencia.

Existen lecciones valiosas que se pueden extraer de estas experiencias, para enfrentar la actual crisis económica generada por el COVID-19. Las políticas de reactivación económica llevadas a cabo por los distintos países no pueden ignorar el hecho de que el confinamiento —estrategia necesaria e indispensable para salvar la vida de las personas— está dividiendo a las empresas entre ganadoras y perdedoras.

Las personas usuarias de Amazon han aumentado en 32 por ciento, en comparación con el año pasado, y la fortuna de su fundador, Jeff Bezos, se ha incrementado significativamente; empresas dentro de la industria de suministros médicos, como 3M, registran ganancias extraordinarias; el valor de las acciones de negocios como Facebook, Zoom y Netflix, plataformas digitales que en estos momentos experimentan un aumento en su demanda, se ha elevado considerablemente. Otras corporaciones, como Nestlé, se han visto beneficiadas con las compras de pánico causadas por el COVID-19.

Del otro lado de la moneda, millones de pequeñas y medianas empresas están siendo fuertemente afectadas por la crisis. Existen muchos negocios familiares que no cuentan con la liquidez necesaria para sobrevivir durante el periodo de confinamiento. Bajo este contexto, no resultaría descabellado que los países recurran nuevamente a los impuestos sobre los excesos de ganancias corporativas para distribuir el costo de los rescates económicos que se están aplicando, a efecto de superar la crisis causada por la pandemia, tasando mayoritariamente a los ganadores y no a las entidades económicas que en estos momentos atraviesan dificultades.

Junto con este tipo de impuestos, los países tendrán también que pensar en otras medidas, para que no sean las personas más vulnerables quienes reciban la mayor carga de los costos del endeudamiento al que se está recurriendo para superar la crisis. La historia también tiene ejemplos importantes sobre las posibilidades de cómo lograr una recuperación justa y equitativa.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Alemania estableció impuestos altamente progresivos y transitorios a la riqueza. Ésta fue la medida que allanó el terreno para lo que se ha llegado a conocer como el milagro económico alemán, en la época de la posguerra. En Estados Unidos de América, durante la Primera Guerra Mundial, el porcentaje máximo de impuesto sobre el ingreso aumentó del 15 por ciento en 1916 al 77 por ciento en 1918. Esto permitió que las personas en la parte superior de la distribución del ingreso aportaran cantidades mayores para la recuperación, que las ubicadas en los deciles más bajos.

En medio de la crisis económica generada por el COVID-19, está quedando claro que las cúpulas económicas alrededor del mundo tienen una gran capacidad para presionar a las autoridades con el fin de ser las primeras en beneficiarse de los rescates económicos. Ha quedado claro también que las inyecciones billonarias en las economías no necesariamente favorecen de manera directa a las personas que más están resintiendo el apagón económico causado por la pandemia.

Ante esta situación, es posible vislumbrar un nuevo orden que implique diseñar sistemas fiscales progresivos que impidan que, como en ocasiones anteriores, los costos de la crisis sean mayoritariamente absorbidos por las personas que menos tienen y que actualmente están cargando con la parte más pesada de la misma. Bajo este contexto se puede pensar que, una vez superada la pandemia y con el objetivo de distribuir los costos de los programas de reactivación económica, se incrementará la progresividad de los impuestos sobre la riqueza, de manera transitoria.

Una de las propuestas que más consenso ha obtenido hasta el momento es implementar un impuesto progresivo y temporal al uno por ciento más rico de cada nación, que serviría para pagar los bonos emitidos por los países durante la crisis del COVID-19 o para inyectar recursos a fondos de rescate destinados a estabilizar sus economías. Esta solución evitará que con la adquisición de la deuda se transfiera la riqueza del sector público a un grupo selecto del sector privado.

El confinamiento está afectando desproporcionadamente a la población más vulnerable. Las personas que antes de la pandemia percibían ingresos elevados aún pueden trabajar desde casa, y las personas que concentran riqueza pueden resistir los meses de encierro. En este sentido, la implementación de un impuesto progresivo ayudará a que todos colaboren a pagar los costos del COVID-19 de manera justa y equitativa. En el mundo, el uno por ciento más rico posee alrededor de la mitad de la riqueza, esto hace que la progresividad fiscal pueda ser una herramienta que genere una gran cantidad de ingresos durante y después de la crisis, sin crear grandes distorsiones en la vida del noventa y nueve por ciento restante.

 

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