#Apocalipsis

Ayer, aproximadamente a las 10:30 de la mañana, las personas usuarias de WhatsApp empezaron a reiniciar sus teléfonos, a tratar de restablecer sus conexiones y, las más desesperadas, borraron la aplicación de sus celulares, para reinstalarla inmediatamente, con la esperanza de poder comunicarse otra vez con sus contactos.

Ninguna de estas técnicas funcionó. El servicio de mensajería y llamadas más utilizado en la actualidad colapsó globalmente, y con él lo hicieron también Facebook e Instagram. Olvidando que una de las posibilidades de comunicación son las llamadas convencionales, un gran número de personas restablecieron su interacción a través de otras plataformas, como Telegram, pero la falta de capacidad de esta plataforma para soportar un tráfico mayor provocó que también colapsara; incluso Twitter presentó fallas menores ante el aumento de usuarias y usuarios que, en busca de noticias, acudieron a esa red social como el último recurso para conectarse con el mundo digital.

Esta especie de apocalipsis digital, ante el cual los grandes jinetes de la tecnología no pudieron reaccionar, es un recordatorio de la enorme cantidad de datos e información nuestros que están depositados en una sola empresa —recordemos que Facebook es también propietaria de WhatsApp e Instagram—, de la dependencia que hemos generado para comunicarnos a través de herramientas frágiles y falibles, y de la excesiva confianza que las personas tienen para hacer de las redes sociales su único repositorio de datos: una especie de memoria de vida personal que fácilmente puede dejar de existir de un momento a otro.

En Twitter, #Anonymous fue también tendencia, debido a las especulaciones de que la caída de las plataformas se trató de un hackeo. Por supuesto que esta versión fue más una especulación en la arena digital que algo comprobable, aunque nos obliga a preguntarnos qué tan seguros se encuentran los datos, imágenes, videos e interacciones que depositamos en las redes sociales.

La desconexión digital ocurrida el pasado lunes no solamente demostró la dependencia que hemos desarrollado para comunicarnos a través de herramientas tecnológicas (y la fragilidad de éstas), sino que imposibilitó a millones de personas a acceder a la información que durante años han almacenado en los servidores de estas plataformas. ¿Qué pasaría si estos servicios nunca se restablecieran? ¿A dónde iría nuestra información? ¿Qué responsabilidad tendrían las empresas, si los datos repentinamente fueran irrecuperables?

Al momento de escribir estas líneas, los servicios de las plataformas aún siguen colapsados, aunque se prevé su restablecimiento en las próximas horas. Las fallas que se presentaron en los sistemas de estas compañías provocaron entre las y los usuarios angustia, desesperación, frustración y un sentimiento de aislamiento. Sin duda, este episodio no será el fin de las redes sociales, pero si funcionó como alarma respecto al poder con el que éstas cuentan y, sobre todo, de la influencia que su funcionamiento tiene en la vida diaria de millones de personas alrededor del mundo.

 

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